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jueves, 26 de marzo de 2015

POR NUESTROS PADRES




Hoy me refiero al salto generacional existente entre padres e hijos, un espacio de tiempo que, a veces, impide la comprensión, el dialogo o compartir vivencias. Hay un cierto hermetismo en lo que hacen los unos o los otros, falta la comunicación por lo que parece es una deficiencia de confianza entre los padres y los hijos.
Casi nunca valoramos lo suficiente pasar un rato con nuestros padres, atenderles, abrazarles, besarles, expresar nuestro amor por ellos y cuando nos damos cuenta, puede ser demasiado tarde o puede ocurrir que nos falten. Es por ello, que tan hermoso es emplear nuestro tiempo en visitarles, hablar con ellos, abrazarles, contemplarles y admirarles. Ellos que tanto hicieron por nosotros para que estemos aquí, en las mejores condiciones, aún cuando creamos que no lo hicieron lo bastante bien, lo hicieron lo mejor que supieron y que pudieron, estoy seguro de ello.
A veces, les digo a mis hijos que vengan a caminar conmigo y lo que quiero es hablar con ellos, sentir su compañía, pasar tiempo con ellos, pero casi siempre prefieren no despegarse de sus ordenadores y, suelo pensar en esos momentos: “no se dan cuenta que algún día les faltaré y supongo que entonces se darán cuenta del tiempo que hemos perdido”, pero esto lo hago en silencio y me doy media vuelta, un poco triste y camino solo.
Exteriormente nos arrugamos con el paso del tiempo pero los sentimientos parece que se mantienen jóvenes siempre y tal vez se intensifican con la edad. Es como si nos hiciéramos conscientes de que algún día no estaremos, y es una necesidad aprovechar el tiempo, tener paciencia, organizar actividades juntos, sentir en lo profundo que fueron los que nos dieron la vida y perdonar cualquier diferencia del pasado. Hay que dialogar con ellos, hacer todo el esfuerzo por estar a su lado y amarles y cuidarles hasta el final de sus días.
Como hijo ya borré las discrepancias con mis padres, les veo cuanto puedo y disfruto de su compañía, de escucharlos y de verlos tan bien. Tienen sus achaques pero afortunadamente se valen por si mismos y hacen una vida, que a sus edades, es muy digna. Me siento feliz de verles así, son muy apañados, se complementan bien, se ayudan mutuamente. Mi padre se jubiló hace más de veinte años y siempre ha colaborado con mi madre en las tareas de la casa, hace las compras y sus pinitos en la cocina; es un fenómeno. Ha sido un luchador toda su vida, lo que se ha dado en llamar un buscavida, durante toda la vida ha simultaneado su trabajo con otras actividades: camarero, venta de ropa y alhajas por ditas, etc.
Mi madre ha sido y es una trabajadora incansable, le ha gustado y le gusta la limpieza, casi sobre todas las cosas, es la típica mujer de la que se ha dicho que tenía su casa como los chorros del oro; ha sido una mujer muy especial con sus cosas, siempre a punto y muy disciplinada. Las comidas siempre a sus horas, sus hijos siempre bañados y con sus ropas limpias; una gran ama de casa, gran madre y buena administradora.
Estoy muy agradecido porque de ambos he aprendido a sacrificarme, a respetar y creo que me han aportado una genética que me ha posibilitado un nivel de conciencia amplio donde todos tienen cabida. Les debo mi capacidad de amar y de percibir a la humanidad; les debo la vida.

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