Alejándonos del chanchullo organizativo y mafioso que hay en los países y en el mundo, todo podría revertirse hacia la decencia, hacia la normalidad. No pierdo la fe, quizás sea la única fe que profeso, la de la capacidad de darnos cuenta y de rectificar que tenemos los humanos. Primero tendremos que dejar de movernos por intereses egoístas, por arreglar primero nuestros asuntos, nos tendrán que importar los demás, los demás tendrán que estar, forzosamente, incluidos en nuestros planes, y se han de hacer leyes adecuadas, serias, sin grietas a propósito para que puedan escapar los sinvergüenzas, por tanto no han de amparar a esa casta de desalmados, que ahora se sienten como pez en el agua, en un medio hecho a su medida y semejanza.
O sea, primero hacer las leyes adecuadas, y segundo, implantar una conducta correcta, hacer lo que corresponda hacer para lograr movernos en la decencia, en la honestidad, para convertirnos en una colectividad que colabora en todo para conseguir una vida mejor en todas las áreas para todos. Esto es bien sencillo: obrar de la forma correcta en pro de la colectividad, sopesar nuestros actos, pensar en los demás, tenerles respeto, importarnos su bienestar, no solo el nuestro. Quitar el dinero del centro de nuestras vidas, ir reemplazándolo por amor hacia nosotros y hacia los demás.
Esto ha de ir de otra cuerda, o vamos a acabar mal, los conflictos los creamos, se magnifican, y cuando llegan, arrasan sin más, sin contemplar en qué estado nos deja, ¿con vida, sin ella?, ¿con vivienda, sin ella?, ¿con familia, sin ella? Lo pulveriza todo, hacen un holocausto, nos fulminan, y siguen con su misma locura, esto solo significa para algunos, haber conseguido un trofeo. El premio es darse cuenta, modificar la conducta, hacer lo correcto, propagar el bien, comprender al otro, ayudar y cooperar, cambiar el chip. Tenemos la capacidad para hacerlo en el momento que nos lo propongamos. Esa es mi fe y mi esperanza. De religión ando fatal, pero de sentimientos profundos que hablan así, que resuenan dentro de mí de ese modo, creo estar mejor servido.
Cuando llegamos a algún sitio, cuando ocupamos un cargo, empezamos a imponer nuestros criterios, ¿Por qué no nos detenemos, consensuamos un plan hermoso que nos tenga presentes a todos? ¿Por qué no comenzamos por escuchar y hacer todo lo posible para que todo cambie a bien? ¿Por qué los que van llegando a los cargos importantes hacen aproximadamente lo mismo, siguen con la carta de navegación de los anteriores, y nada o poco cambia? ¿Por qué no se atreven? ¿Por qué, si es verdad, que les asaltan los corruptores, no les denuncian abiertamente y públicamente en los medios de comunicación y en los juzgados? Hay que tener valentía, hay que poner fin a esta marcha hacia donde interesa a cierta gente poderosa. Hay que modificar el rumbo de la travesía, de la inercia que lleva el barco, y nunca será tarde mientras haya barco, mar, y alguien que se atreva a coger el timón.
Seguiremos...
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