Esto no le sucede a una gran mayoría de personas, me refiero a querer vivir aislado, solo, en medio del monte, donde no escuche los gritos continuados del niño del vecino, el equipo de música del de enfrente, o las diferentes máquinas que usan unos y otros para hacer diversas tareas. Es un poco cansino, se hace pesado y perturbador está invadido por ruidos externos, ajenos, a tu propia vida. Además, hay que lidiar con ese extraño, para mí, sentido que tienen muchos, que se llevan media vida sin mirar al otro o criticándolo, pero que defienden que hay que celebrar tal y cual momento, a veces sin justificación alguna, porque hay que convivir con los demás. Eso solo lo dicen por el desmadre que echan de menos, por las conglomeraciones ruidosas en las que apenas puedes hablar con el vecino, pero para ellos eso es convivencia, perder los estribos bebiendo más de la cuenta, desinhibirse, etc.
Se está forjando la sociedad del querer vivir alejado del mundanal ruido, de ese desenfreno, de esa locura descentralizadora, en la que se pierde la calma y te llevas todo el día invadido de sonidos indeseados, que inevitablemente alcanzan el interior de tu vivienda. Esto no ha sido debidamente legislado, entiendo que hay muchas tareas de obligado cumplimiento, sobre todo cuando se vive en urbanizaciones. Las parcelas requieren de muchas tareas, que antaño se hacían manualmente, y que ahora casi todos hacen con máquinas. Y cuando ningún vecino hace ruido porque, tal vez, estén en sus centros de trabajos, aparecen por las calles los mantenedores de la urbanización, soplando con sus máquinas, pues van por todos lados de dos en dos, doble ruido, doble polverío, más alergias, más dificultades para que respiren los que tengan problemas de ese tipo y pulmonares. Menos descanso, pero se ha puesto de moda, y no se adelanta nada o bien poco, pero unos inventan las máquinas, otros las fabrican, otros la venden, y otros las compran... ¡es el progreso!, aunque nos jodamos todos.
Cuando salgo con mi moto por las carreteras que serpentean las sierras del exterior de la ciudad donde vivo, miro los montes, observo la belleza del paisaje, y comienzo a desear interiormente vivir allí, rodeado de árboles, de frondosidad, de pequeñas corrientes de agua que sigilosamente rodean pies de árboles y rocas... ¡Me pierdo en la imaginación! Deseo vivir donde no tenga la obligación de escuchar la forma en la que ha elegido vivir el vecino. El vecino se coarta hasta cierto punto, pues conoce mi descontento con los ruidos, con la música a volumen alto, así que ni él ni yo vivimos como nos satisface hacerlo. No somos capaces de respetar lo suficiente al de al lado, y en todo ello existe un complicado rasero, que para equilibrarlo, desde mi punto de vista, es que prevalezca aquello que es más natural y menos molestias cause. Por eso si se hubiera legislado bien, con respeto y sentido común, y nos hubieran educado adecuadamente, podríamos vivir mejor.
Seguiremos...
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