Imagen: cuadrossplash.com
Por fin llegó el día en el que volvemos a casa, sí es así de triste el asunto, como sabéis lo que más me reconforta es estar en mi casa, volver a mi ciclo de actividades o rutinas. Soy animal de costumbres y no me saquen de ahí, lo reconozco. Normalmente, en casa, no suelo soñar o no lo recuerdo cuando me levanto, pero aquí me abordan sueños que no sé de dónde salen. Han sido varias noches que he soñado algo que tiene correlación lo que sueño un día con el siguiente, a veces me despierta y por eso creo que es por lo que lo recuerdo. No sé cómo una gente mala, mafiosos, narcos, han dado conmigo y me han ido metiendo en asuntos de droga para que le haga favores, y ese asunto a mí no me interesa, pero vienen las amenazas a mí y a mi familia, todo muy turbio, todo me disgusta, y no me queda más remedio que tratar de ir cargándomelos a todos los implicados. Sueños que te crean desasosiego, que nada tienen que ver con mi vida ni con mis principios, y que te ponen entre la espada y la pared.
Hoy saldremos hacia Sevilla... ¡olé!, son algo más de las siete de la mañana, la temperatura en el exterior es más fresca, que por ejemplo el día de ayer. Ya he fregado todos los vasos, platos y cubiertos que se usaron anoche en la cena. Ya he dejado abierta la puerta de la calle que da paso hacia la parcela, de ese modo Sanga, mi perra, mi fiel compañera, puede salir y entrar a su antojo. Está mosquetera con el gato que tienen en la parcela de al lado, se lleva todo el día de guardia cerca de la malla que dividen las parcelas, siempre tratando de tener a la vista al felino y dispuesta para dar caza al mismo, lo que sucede es que la malla lo impide y también alguna voz mía pidiendo que se aparte, que lo deje en paz. No obstante, como sabéis, el gato se defiende bien, incluso ayer por la tarde me di cuenta que Sanga tenía arañada la trufa, vaya, su nariz, para aquellos que no estén tan familiarizados con las partes del perro.
Yo celebro la vuelta, como ya he dicho, nos quedan casi cinco horas de coche, de nuevo una situación compleja a la hora del almuerzo, pues como sucedió en la ida, la perra no se puede quedar sola en el coche. Tendría que hacer mucho fresco, para poder dejarla con las ventanillas bajadas, pero no creo que lleguemos a ese punto. Parece que han bajado algo las temperaturas, pero no como para facilitarnos esa movida. Así que me tocará esperar mientras los demás almuerzan, no podremos comer juntos, como casi siempre, pues para aquellos que no lo sabéis, yo soy como bastante guiri en eso, mis horarios de almuerzo y cena son bastante distintos de los que me rodean. Suelo almorzar alrededor de las doce y media a una de la tarde, y cenar, a ser posible, alrededor de las nueve de la noche, a lo más tardar. Quiero decir con ello, que salvo los fines de semana, en que vienen mis hijos a almorzar con nosotros, no suelo coincidir en la mesa con mi mujer, ella llega de su trabajo casi dos o tres horas más tarde de cuando yo almuerzo.
Estoy loco porque se levanten mi mujer, mi hijo Mario, mi nieta Samantha, mi suegro Rogelio, que nos tocará preparar maletas, recoger cuanto podamos, y bye-bye Almería, que suenen los motores de los coches y salgamos dirección a casita... ¡Mi casaaaa!, como decía ET.
Seguiremos...
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