Hace unos días mi mujer veía en la tele un programa acerca de las últimas investigaciones sobre la mascara de oro de la cabeza de Tutankamón, que si era auténtica, que si se hizo para Nefertiti, pero como falleció Tutankamón de repente y muy joven, cambiaron probablemente las inscripciones, pues se suponía que en setenta días que es el plazo que daban cuando un faraón fallecía, debían tener los sarcófagos, las esculturas y todo lo que se fuera a encerrar en la cámara funeraria, incluso creo que decían que el cuerpo se debía embalsamar en ese periodo, o sea, que duraba también setenta días. En definitiva, estaba un equipo de investigadores venidos de distintos lugares del mundo, con todos los mejores y modernos equipos que debían costar un riñón, que debían estar ganando un pastón, para averiguar algo, que yo no me dejaba de preguntar: ¿Qué aporta lo que descubrieran al bienestar de la gente que está viva en estos momentos, y de todos los que vayan a nacer en años venideros? ¿Qué aporta al futuro, en pocas palabras? Yo no lo entiendo, y por ello, digo que me llamen inculto.
Creo que todo el tiempo que se mira hacia atrás, se deja de mirar hacia adelante, que es hacia adónde marchamos. Pensé que hay demasiados puestos de trabajos, demasiadas especialidades, que poco o nada aportan a la civilización para mejorar la calidad de vida, el progreso, y todo eso que sí contribuye al bienestar y a la seguridad, a llevar una vida en paz, a desarrollarnos como personas, a civilizarnos en el sentido comprendernos mejor, de respetarnos más, de poner fin a las guerras y a todas las atrocidades de que es capaz el hombre salvaje de nuestros tiempos.
Tanto afán por comprender o entender cómo vivían los pueblos de la antigüedad, no debería ir más allá de la mera curiosidad, pero sin perder el norte de continuar caminando hacia el día a día, que es lo que siempre nos espera. Un presente continuo, una sucesión de instantes, hasta que se termina todo, y no hay más que se sepa a ciencia cierta, por lo menos no más con este vestido y este cuerpo, tal vez, lo haya con otros, ya veremos, pero tampoco nos vamos a preocupar por ello. Tenemos un presente continuo como digo, y es en ese breve o instantáneo espacio de tiempo que se prolonga con cada respiración, en el que se debe crear, hacer todo el bien de que seamos capaces. Emplearlo lo mejor que podamos, ser lo más impecables que nos lo podamos permitir, cada uno a su nivel... ¡Hay tanto por hacer! ¡Se podrían hacer tantas cosas maravillosas! Solo hay que tener siempre presente a la humanidad, esto parece una perogrullada, pero es lo que importa, las personas de todo el mundo, todos los seres vivos, la vida, amar, colaborar, ayudar, sentirse pleno y en paz, sentirse seguro, en el sentido de que sabe que a cada paso, o ante la dificultad, puedes ayudar a otros, y otros siempre te van ayudar. La sociedad puede ser así, es posible cambiar de dirección, solo se trata de tomar la decisión adecuada.
¿Por qué he ido hablando de todo esto?, Quizás porque para mí, la labor de esas personas que dedican todo su esfuerzo, y que tantas inversiones se emplean en saber si la mascara de oro es de Nefertiti o de Tutankamón, es una perdida de tiempo y dinero comparado con todo lo que se podría hacer y se debe hacer para cambiar de rumbo, y que la humanidad completa salga de la pobreza mental y espiritual, de esa falta de valores humanos que hay en las sociedades competitivas y de esclavitud sin cadenas físicas, pero como ya he dicho en otras ocasiones, sí de cadenas invisibles mentales. Se puede hacer mucho más bien en el mundo, y es necesario que sea una realidad, basta de camioncitos y demás situaciones para que se produzca la foto y las noticias de agradecimiento a los que poco hacen y menos cunde a los más desfavorecidos. A todos esos pueblos hay que darles herramientas para que por sí solos crezcan, se desarrollen, se igualen, que es lo que muchos no permiten, y hacen el teatro de estar toda la vida socorriendo, pero lo que de verdad hacen es mantenerles en la pobreza para valerse de ellos, de mano de obra barata, es un modo de explotación, la esclavitud del siglo XXI. A la gente la explotan, y los recursos propios de su suelo, como nunca le facilitan los medios para obtenerlos y procesarlos, los roban a cambio de un poco más de hambre, sí porque llevar unos miseros camiones con ayuda, no les soluciona nada, ni les saca del agujero en el que se encuentran, siempre le están echando una cuerda que nunca es lo suficientemente larga como para que puedan asirla y sacarles del agujero.
Hay que ser menos canalla, hay que sentir de otro modo y con otra parte del cuerpo, no solo con la cabeza haciendo estrategias para ganar siempre y abultar la cuenta de resultado. Espero que algún día la gran mentira mundial se vaya de paseo y nos deje en paz.
Seguiremos...
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