Os escribe este tío aburrido que piensa que como estar en casa, no se está en ningún sitio. Os escribe el que no le gusta viajar, el que se tensa de estar en un lugar alejado del hogar, entre diferentes, con quienes no comparte nada o casi nada. Os escribe el que le gusta la naturaleza, el verde, la frondosidad, las montañas, la orografía de la sierra, de cualquier sierra, las elevaciones y las depresiones, los cauces de ríos, las escorrentías, el azul del cielo y el verde suelo salpicado de grandes rocas, características de esos parajes.
Os escribe el que se recarga de energía cuando se encuentra en ese entorno, el que calla y observa, y percibe, y se hincha de gozo, de la plenitud del paisaje, del silencio del instante, de la belleza externa que llama y penetra al interior, del que se embriaga sin hartarse.
Os escribe el que desea cien veces tener una de esas casas que se asoman al valle desde lo más alto de algunas de aquellas elevaciones, porque todas me parecen maravillosas, porque todas las confundo con el paraíso, porque no me da miedo la soledad de vivir allí arriba, rodeado de árboles y de verde, en la que se proyecta una interminable serie visual, la que mejor guion tiene, la representación más natural, la que seguro conseguirá el óscar en la convención de cine verde.
Si a todo le añades que duermes siempre en tu cama, en tu colchón, con tu almohada, rodeado de tus cosas, de tu sillón, de tu mesa, de tu sofá, de tus muebles, de tu tele, de tus libros y de tu ordenador... ¿Qué puede salir mal? No soy viajero, soy de un sitio, de mi entorno, de mi barrio, de mi urbanización, de mi finca si la tuviera, de mi montaña si la casa estuviera allá, como vengo relatando con todas esas que me ponen los dientes largos cuando transito las carreteras cercanas de montaña con mi moto.
Si me desplazo, es para hacer una ruta motera, en parte porque me encanta conducir mi moto, en parte porque disfruto de la misma conducción doblemente cuando me adentro en el corazón de la sierra, de cualquier sierra. Mi corazón se despierta cuando mis ojos comienzan a ver elevaciones del terreno, irregularidades, al principio pequeñas, en adelante más pronunciadas, y se alternan los puentes, la estrechez de la carretera, las curvas sinuosas, las subidas y las bajadas. Dar al puño, quitar acelerador, frenar, tumbar, acelerar y sentirse vivo a través de un entorno que está vivo, y enlazar una población de casas blancas, a veces de piedras, con otras que se muestran parecidas, pero con connotaciones particulares, con torres, con plazas, con calles estrechas y reviradas... ¡No quiero vivir en las grandes ciudades!, es lo que siento al estar inmerso en el corazón de cualquier pueblo de cualquier sierra. ¡Cuánto me encantaría poder vivir en alguno de ellos!
Seguiremos...
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